Cuando Cristina empezó a hablar le costaba encontrar la palabra adecuada y se quedaba pensando en lo que le iba a decir, yo disfrutaba viendo su cara y sus gestos, casi le podía oír pensar.
La semana pasada le pasó lo mismo, en esta ocasión sí que sabía que palabras debía emplear, el problema es que también conocía las consecuencias de decirlas.
Supe que me había desobedecido y de improviso le sometí a un interrogatorio: - "¿Cristina, esta mañana has encendido el ordenador?" La pregunta le pilló fuera de juego; abrió la boca para contestarme pero inmediatamente la cerró, cualquier respuesta que diera sólo serviría para meterse en un lío: por mentir o por decir la verdad.
Le volví a preguntar, y por respuesta sólo obtuve un: "oh, oh"
Insistí: -"Cristina, mírame a la cara y dime si esta mañana encendiste el ordenador."
Por fin me respondió con un apagado: "No..." Su insegura respuesta era el reconocimiento de su falta, pero yo me lo estaba pasando muy bien, y además ella tenía que decirme la verdad. No tuve más remedio que preguntarle de nuevo e, incapaz de mantener una mentira, me tuvo que contestar la verdad: -"Sí"
-"Cristina, entonces estás castigada por la tarde" Me lo había pasado tan bien que casi le levanto el castigo, pero hoy es el día que todavía no me ha vuelto a desobedecer...