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viernes, 20 de agosto de 2010

Cristina también se equivoca

Hemos pasado una semana en mi pueblo en el que siempre los vendedores ambulantes pasan ofreciendo cada cuál su mercancía. Un día le tocó a la vendedora de congelados. Acudimos a su encuentro Cristina, mi madre y yo.

Como ya había varias señoras esperando comprar nos pusimos a la cola. Cristina -a través de los cristales de la furgoneta- ya vio algo que le gustaba y de inmediato lo exclamó: -"¡Judías! ¡Papá, quiero judías!"  Le dije que no era nuestro turno y tuve que explicar a las asombradas mujeres que a Cristina le gustaban mucho las alubias verdes.

Cristina, seguía impaciente pidiendo "Judías". Por fin me extrañó su fervor por esa legumbres, que le gustan pero no para tales demostraciones de entusiasmo.

Me acerqué a la furgoneta y mirando donde señalaba, vi que en realidad no quería judías, sino "Gulas" Tras la risa general se las compramos y esa noche cenó como una reina.

viernes, 11 de junio de 2010

Un desayuno normal

El final del curso siempre es duro, todos estamos más cansados y la simple tarea de preparar el desayuno ya se hace pesado. Y eso que no es nada del otro mundo, porque únicamente -yo soy el encargado de hacerlo- se trata de calentar la leche y que cuando se levanten mi mujer y las niñas se encuentren las madalenas y galletas encima de la mesa.

Esta mañana Cristina se ha levantando bastante temprano y todavía no había preparado nada, así que le he dicho que me esperase que me iba a duchar y luego desayunaríamos juntos. Pero mientras me estaba duchando  oía sonidos sospechosos en la cocina y ya esperaba lo peor.

Cuando por fin he llegado a la cocina, Cristina me ha recibido con un "¡Tachán!" señalando la mesa. Ella sola había preparado el tazón con la cantidad de leche que cada uno tomamos y me estaba esperando para desayunar.
Tras darle las gracias y felicitarle por su iniciativa hemos desayunado los dos solos, y así un desayuno tan normal ha hecho que el día empiece de forma especial.

viernes, 23 de octubre de 2009

Una respuesta muy bien pensada



El otro día Cristina se había quedado en casa con mi cuñada Gemma, cuando volví se estaba comiendo un bocadillo de chorizo. Nunca le había visto comerlo, así que le pregunté extrañado a mi cuñada: "¿Está comiendo chorizo?
Gemma me contestó afirmativamente. Volví a preguntar: -"¿Chorizo Pamplonica?"
Y la respuesta ya no me gustó tanto, porque estaba comiendo Chorizo Ibérico. Aunque pensé: -"Saldrá más caro, pero al menos ya tenemos más opciones para los bocadillos."

Así que en cuanto pude le compré chorizo ibérico y se lo puse en el bocadillo de la merienda. Al rato vino Cristina mi mujer, y este es más o menos el diálogo que mantuvimos:

Cristina: "¿Le has puesto un bocadillo de chorizo a Cristina?"
Yo: "Sí, le gusta, el otro día se comió uno"
Cristina: "Pues ahora no se lo come"
Yo: "Bueno, cuando tenga más hambre ya se lo comerá"
Cristina: "No, porque ya ves que no le gusta. Ponle uno de Nocilla"
Yo: "Vamos  a preguntarle: "Cristina, ¿de qué quieres el bocadillo de Nocilla o de chorizo?
Naturalmente Cristina respondió: -"De Nocilla"

Medio defraudado por la respuesta y medio ilusionado por la merienda que yo me iba a tomar, le prepararé un nuevo bocadillo con el pringoso ingrediente.

Al rato volvimos y ya se había comido el bocadillo de Nocilla, y el de chorizo... también. Quizás calculó en su mente y llegó a la conclusión que diciendo la respuesta adecuada podría comerse los dos bocadillos.

jueves, 4 de junio de 2009

Una receta rica, rica


Uno de los platos preferidos de Leyre y Cristina para cenar es una simple tortilla de quesito. Además a Cristina le gusta ayudarme a prepararla. Así que aprovecho para poner en práctica lo que nos ha enseñado Raquel, su logopeda.

Hacemos listas donde vienen numeradas las cosas que va a hacer Cristina. La diferencia con la agenda de pictogramas es que ya no existen los dibujos.

En la foto de arriba ha escrito la receta de la "Tortilla de quesito". Sólo aparecen los ingredientes. Porque además de ellos Cristina ha incorporado una serie de "aderezos" a la tortilla. Por ejemplo: entre los puntos 2º y 3º, siempre coge el último huevo y con mucha ternura le canta la canción de la Gallina Coco GuaGua de Enrique y Ana

Incluso las primeras veces se llevaba el huevo a su habitación para cantarle allí la canción. Había cierta tensión, porque no sabíamos si el huevo iba a volver entero o si se lo iba a guardar entre sus "tesoros". Pero no, el huevo siempre acababa junto con sus compañeros.

La receta es muy fácil y sencilla de hacer, pero en el caso de Cristina se complica un poco más, porque no le gusta el tacto ni del queso ni la clara del huevo, y hace verdaderos esfuerzos para tocarlos lo menos posible.

Al final todos los ingredientes terminan en la sartén, y una vez hecha es devorada por Leyre y Cristina. Y así hemos unido educación y cocina. Ni Karlos Arguiñano.

jueves, 29 de enero de 2009

La sopa de la Abuela


Este sábado hemos estado en casa de mis padres.
Como siempre que vamos, Cristina empieza una especie de diálogo con mi madre: - “¡Abuela, quiero sopa!”. - “¿Quieres sopa?”, contesta mi madre, haciéndose la sorprendida. La única respuesta de Cristina es ir directamente a la cocina y quedarse sentada a la mesa, esperando que le sirvan la sopa. Mi madre le explica que no tiene su sopa preparada porque no le habíamos anunciado nuestra visita, pero empieza rebuscar por la cocina. - “Cristina, me parece que hoy sólo puede ser de Starlux...”. Esto no parece importarle a Cristina, porque no manifiesta el menor interés en los ingredientes que deba llevar su sopa. -“¿Quieres sopa de fideos o de letras?”, le pregunta mi madre a la vez que le muestra las dos posibilidades. Esto sí que le interesa Cristina porque por un momento vuelve del lugar incierto y lejano en el parecía estar: -“¡De letras!”. Así que la abuela se pone al trabajo de hacer la sopa de inmediato. Cristina la vigila y de vez en cuando se acerca para levantar la tapa de la cazuela y ver cómo va su sopa. Por fin, su sopa está servida y ella empieza a zamparse plato tras plato. De vez en cuando, entre cucharada y cucharada, acierta a decir: “¡Qué rica!”. Cuando ya parece que se ha saciado, sin mirar a nadie y sin pronunciar un triste “gracias”, se levanta de la mesa y abandona la cocina. Quizás más tarde se vuelva a acordar de la sopa y vuelva a la cocina para mirar si ha sobrado algo...