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viernes, 24 de septiembre de 2010

No sólo periquitos

Los de la foto son nuestros nuevos periquitos. Y aunque en realidad se los regalaron a Leyre, ella  le dejó a su hermana que los bautizara. Y Cristina les puso por nombre Alex y Justin, en honor a los magos de Waverly Place.

Mi mujer los deja sueltos por la habitación. Pero Cristina los quiere ver siempre juntos, porque según ella "Son una familia" Y cuando les ve que se tocan los picos, como sabiendo de qué habla, dice: "Es amor"

Cristina, igual que otros niños con autismo, sí que se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, y no hablo sólo de periquitos.

viernes, 5 de febrero de 2010

Tranquilos, Cristina vigila


Nuestro acuario tiene actualmente superpoblación. Los peces que lo habitan han criado y decenas de crías revolotean por sus aguas. Mi mujer las aparta para que no acaben siendo pasto de los otros peces.

Pero hay tantos, que alguna vez algún pececillo recién nacido se queda olvidado y no tardaría en ser devorado si no contase con una protectora incansable.

Todos los días - cuando vuelve del cole- Cristina lo primero que hace es pararse delante del acuario a observar los peces. Si descubre una cría olvidada grita: -"¡Eh, un pez!" y corriendo va a buscar las herramientas necesarias para capturarlo y llevarlo con sus hermanos.

Yo la ayudo a "pescar" el pececillo y tras cumplir con la buena acción Cristina vuelve a dejar las herramientas en su sitio y se prepara para merendar.

Mientras, el pez rescatado nada tranquilamente con sus congéneres. Libre de las fauces de sus hermanos mayores y con alguien que está pendiente de él.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Cada vez más cerca



La de la foto es Diana, la perrita de mi cuñada Gemma. Y aunque parezca lo contrario seguramente no habrá hecho nada malo en su ya larga vida. Por eso nos aprovechamos de ella para disfrazarla del modo que aparece. Sin embargo Cristina, como al resto de los perros, le tiene un miedo atroz y no permite que se le acerque.

La última vez que estuvimos en Cortes, una tarde nos quedamos en casa solos nosotros dos. Yo me quedé tirado en el sofá y Cristina se fue a hacer de las suyas.

Al rato le oigo gritar desde la calle. Corriendo fui a ver qué ocurría. Había salido a pasear con su patinete dejando la puerta abierta, momento que aprovechó Diana para escaparse de casa.

Así que me encontré con la siguiente escena: Diana en medio de la calle, un coche que no podía pasar sin atropellarla y Cristina gritando al animal para que se apartara. Todo ello a prudente distancia para que ni el coche ni Diana le tocasen.

Puede que Cristina viva en su propio mundo, pero de vez en cuando nos damos cuenta que no está tan alejada del nuestro, e incluso más cerca que nosotros mismos. ¿Porque quién es capaz de  preocuparse por algo que no puede ver ni en pintura?

viernes, 16 de octubre de 2009

Dos caracoles y dos destinos



A Cristina le gustan mucho los insectos, cualquiera de ellos: mariquitas, moscas, hormigas, arañas... Y otros invertebrados como los caracoles.

Paseando hace tiempo por el parque de Cortes vimos uno enorme. Fiel a su naturaleza se arrastraba por el suelo y Cristina iba directa hacia él. Estuve apunto de apartarla de su camino para que no lo pisara. Pero me pareció que lo miraba con cierto interés así que pensé: -"La voy a dejar, quizás se pare a observarlo"

No había acabado mi reflexión cuando el pie de Cristina ya había aplastado al caracol, y el "crash" de su concha ahogó en mi garganta el grito de "¡Cuidado!" El pobre molusco al que yo podía haber salvado la vida quedó aplastado en medio del parque.

Hace pocos días después de un día lluvioso salimos a pasear de nuevo, esta vez al lado del río. La historia se repetía: Otro caracol se cruzaba en nuestro camino. Sin embargo, ahora Cristina sí que se paró. Primero a mirarlo, luego a estudiarlo y tocarlo con detenimiento y, finalmente, a adoptarlo y llevárselo a casa.

El primer caracol se encontró demasiado pronto con Cristina, el segundo tuvo la suerte que Cristina ya contempla con interés el mundo que le rodea.

P.D.: El caracol me lo dio a mí para que se lo llevara. Y en un descuido se me escapó de entre las manos. Cuando se lo expliqué a Cristina no me creyó en absoluto.

viernes, 3 de abril de 2009

Y la calma volvió al acuario

En casa tenemos un acuario con muchos peces que viven la mar de tranquilos. Viven tranquilos ahora, porque durante un tiempo estuvieron muy estresados. Sin previo aviso podía caer sobre sus cabezas cualquier objeto imaginable. Por supuesto, arrojados por Cristina.

Cualquier cosa que encontrase en su camino le servía para meterlo en el agua; desde libros y folletos publicitarios, hasta teléfonos fijos y móviles. Pasando por pinturas, rotuladores, juguetes, osos de peluche, guantes, bufandas...

No había forma de hacerle entender que, por muy divertido que fuese ver a los peces esquivar todo lo que se les venía encima, no se podían meter todas esas cosas al acuario.
A mí me sigue sorprendiendo que se daba perfecta cuenta de que hacía algo mal, pero la curiosidad de meter algo en el agua era superior a la reprimenda que iba a recibir.

Hasta que un día tuvimos una idea: si era ella la que metía las cosas en el acuario, tenía que ser ella también las que las sacase. Así que, desde ese momento cuando encontrábamos algo metido en el acuario, Cristina estaba con nosotros ayudándonos y no se podía ir hasta que terminábamos de limpiarlo.

Con el tiempo, Cristina dejó de meter cosas en el acuario, ahora le gusta mirar los peces y se pasa ratos observándolos. A simple vista le habíamos dado una lección, pero yo siempre me he quedado con la duda de si verdad la aprendió, o en realidad ya había experimentado con todos los objetos que había por la casa, y su curiosidad se había saciado.